viernes, 21 de octubre de 2011

PREDICACIÓN: ATRACTIVO, DON Y CARISMA

PREDICACIÓN: ATRACTIVO, DON Y CARISMA



Fray Guy de Bedouelle, o.p., en su libro La fuerza de la Palabra. Domingo de Guzmán recoge al respecto los siguientes pensamientos.

Los dominicos en la Edad Media, como los Valdenses, utilizarn una expresión bella para hablar de la predicación como "Gratia praedicationis". La cual se ha de entender como un carisma, una vocación a la que Dios nos llama, de quién siente la seguridad de que el Espíritu`puede hablar en él y a través de él. La "Gratia praedicationis" hace de la predicación domunicana un verdadero ministerio en el Espíritu, el anuncio de la palabra de Dios hecho carisma.

El orador agradable de oir, es aquel a quien Dios ha gratificado con el don eficaz de la palabra, forma especial de la acción del Espíritu Santo que rodea al creyente desde la Buena Noticia que el ángel anunció a María: Ave María, gratia plena. Si el predicador habla con autoridad y es digno de crédito será sólo por la fuerza que le invade de Dios, siempre que en su libertad él permita que Dios pueda hablar através de él.





Aquel a quien Dios le da la gracia de la predicación debe predicar, propia de los valdenses, pero no recibían el envío por parte de la Iglesia, y que lo hacían al margen de ella, llegando a considerarse como herejes.

Los valdenses son los seguidores de Pedro Valdo de Lyón, un próspero mercader que, en 1173, repartió sus riquezas entre los pobres e hizo voto de vivir la pobreza evangélica. Valdo y su grupo fueron recibidos en el concilio Lateranense III (1179) por el papa Alejandro III, que aprobó su manera de vivir, pero insistió en que no permitieran la predicación a las personas laicas iletradas. A pesar de ello, los «pobres de Lyón", como se les llamaba, perdieron pronto el favor de su obispo, que los denunció al papa. El papa Lucio III los condenó como herejes junto con otro grupo (los trabajadores de lana de Milán, conocidos como los «humillados") en el concilio local de Verona ( 1184).
Los pobres de Lyón y los humillados se unieron durante cierto tiempo, formando un grupo llamado de los Pobres 1ombardos, algunos de los cuales (conocidos como los Pobres católicos) se reconciliaron con la Iglesia romana en tiempos de Inocencio III (1208). Algunos seguidores de Valdo fueron condenados de nuevo por el concilio Lateranense 1V (1215) y se convirtieron en uno de los puntos de mira principales de la Inquisición.
Los valdenses estaban apasionadamente interesados por una reforma de la Iglesia según las líneas del ideal apostólico representado por la Iglesia del Nuevo Testamento. Este ideal promovía la pobreza y la simplicidad del estilo de vida, en claro contraste con la manera de vivir de muchas autoridades eclesiásticas de la época.
Los valdenses se negaban a jurar o a cumplir el servicio militar; eran contrarios a la pena de muerte. Condenaban la corrupción del clero, proponiendo la necesidad de ministros dignos para la celebración correcta de los sacramentos. Algunos llevaron esta idea más adelante afirmando que era la santidad, y no la ordenación, la condición suficiente y necesaria para la celebración válida de los sacramentos.
Criticaban además la enseñanza y la práctica de la Iglesia sobre el purgatorio y las indulgencias, y fomentaban la predicación de los laicos, tanto hombres como mujeres, Su devoción a la Escritura queda patente en un documento de la Inquisición del 1321, que atestigua cómo se sabían de memoria casi todo el Nuevo Testamento.
Después de la Reforma protestante los valdenses de Francia fueron asimilados progresivamente por la Iglesia de la reforma calvinista.


 Los textos dominicanos asumen esta expresión "Aquel a quien Dios le da la gracia de la predicación debe predicar",  pero sin separala del envío por parte de la Iglesia. Esta fue la gran habilidad de Domingo de Guzmán. Honorio III encomienda en 1220 a Domingo y a seis frailes más el mandato de combatir la herejía en Lombardía, y le suplica a una carta dirigida al fundador de los Predicadores, no guardar en el pañuelo el talento que les ha sido confiado por Dios según el designio de su providencia. ¡Que hagan brillar la luz que tienen en sí y pongan al servicio de su prójimo la gracia de la predicación que han recibido! Así es como Domingo recuperó para la Iglesia aquella magnífica expresión que circulaba entre los herejes, esgrimiéndola contra ellos.

Para Humberto de roman predicar es la vocación más excelente, porque los predicadoress son en cierto modo la misma boca de Dios. La gracia de la Predicación es un don de Dios para la edificación de la Iglesia.




Uno se puede hacer esta pregunta vital ¿Cómo atraverse a predicar si uno se siente débil y pecador? hay que responder con una clara convicción de fe, que la gracia de la predicación sobrepasará el pecado del hombre; gracias a ella, la Palabra podrá resonar con limpia claridad por encima de todas las torpezas.

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